El contrato de Satan.

Los hipócritas no sirven a Dios, pero se sirven de Dios para engañar a sus
semejantes. Balzac,

letran
El Invierno había llegado con un furor desconocido para Europa en lo que iba del siglo. A comienzos de 1929, en Polonia, la temperatura descendió por primera vez hasta los cincuenta grados bajo cero. En la mañana del lunes 11 de febrero, sin embargo, las calles de Roma se fueron poblando por una muchedumbre murmurante, que parecía no reparar en la despiadada temperatura: cuando Benito Mussolini hizo estacionar su Cadillac negro a un costado de la plaza de San Juan, medía hora antes del mediodía, le sorprendió encontrar a unas cinco mil personas bullendo entre los árboles deteriorados por las nevadas. Un acceso de ira le sobrevino al comprobar que sus órdenes, en el sentido de mantener en absoluto secreto la ceremonia que iba a desarrollarse, no se habían cumplido fielmente, pero no tuvo tiempo de manifestarlo: el implacable protocolo lo atrapó desde ese instante, en la escalinata del Palacio de Letrán, en cuyo interior el Papa Pío XI y su estricta comitiva lo esperaban desde hacía unos minutos.
Ni la guardia fascista, ni los carabinieri, rindieron honores durante la visita del Duce: habían sido suprimidos para no llamar la atención; se contentaron, más tarde, en organizar a la creciente multitud para que no estorbara las entradas y salidas de personajes por la puerta principal, en la que un solo portero cubría la dignidad de la ceremonia.
Embutido en un raro uniforme, Mussolini ascendió hasta el segundo piso, donde lo esperaba el diligente y activo Cardenal Gasparri, una de las figuras clave en las negociaciones que culminaban esa mañana. Lúcido y ágil a pesar de sus setenta y siete años, Gasparri salió al encuentro del Duce, y cruzó con él un prolongado apretón de manos. La lectura de las actas no comenzó hasta las doce en punto, luego de la presentación e intercambio de las respectivas credenciales: entonces, el Duce sugirió a Gasparri —convaleciente todavía de una enfermedad— que permaneciera sentado, aunque los restantes testigos de la lectura se ponían de pie. Luego de las firmas —mientras las campanas se echaban a vuelo y los estudiantes de Teología, reunidos en el patio interior entonaban el Te Deum—, el Cardenal obsequió a Mussolini la pluma de ave con mango de oro que había servido para rubricar el acuerdo. El líder fascista la aceptó complacido: “Será para mí —murmuró— uno de los mejores recuerdos que haya merecido”.
Al día siguiente, en una conferencia de prensa, Pío XI sintetizó mejor que nadie los alcances del triunfo de la Iglesia: “Mi pequeño reino —afirmó— es el más grande del mundo”. La prensa de Italia y del exterior le daban la razón: con la firma del Tratado de Letrán, que reconocía la soberanía del Estado del Vaticano —un pequeño y lujoso feudo de 144 hectáreas—, la Iglesia Católica clausuraba un pleito iniciado casi un siglo atrás, cuando las consecuencias políticas del poder temporal del Papado la habían puesto en una de las situaciones más difíciles de su historia.
El 5 de setiembre de 1928, el Cardenal Gasparri consideró que todo estaba a punto ya para iniciar las reuniones en el más alto nivel: dos meses después, el Rey Víctor Manuel autorizaba a Mussolini para que en su nombre llevase adelante la firma del tratado, el concordato y la convención financiera. Esta última —que nunca llegó a cumplirse totalmente— reconocía el derecho de la Iglesia a percibir una indemnización, cuyo monto se fijó en 1,750 millones de liras, por los ingresos que había perdido en los casi sesenta años de hostilidad más o menos encubierta con el Estado. El concordato, a su vez, reconocía al pontífice las prerrogativas inherentes a todo soberano, desde el gobierno autónomo hasta la creación de un cuerpo de policía, un registro civil, el uso de bandera, y la emisión de moneda y sellos postales.
Otras características del triunfo papal eran apenas menos impresionantes: la facultad para nombrar Obispos sin consulta, la personería jurídica para las congregaciones religiosas, la prometida paridad legal de los matrimonios religioso y civil, la imposibilidad del divorcio, el feriado obligatorio en todo el país para las festividades de guardar, la enseñanza católica obligatoria en todos los establecimientos de enseñanza.
El manto de misterio que se tendió sobre la dilatada negociación sólo pudo ser descorrido con lentitud luego de la ceremonia de Letrán. Se supo entonces que el texto del acuerdo había sido impreso en el Vaticano, por operarios a los que se mantuvo prisioneros hasta días después del 11 de febrero, y que el Papa había corregido personalmente todas las pruebas de imprenta: “Hay casos en que la presencia o ausencia de una coma —le comentó a Gasparri— puede modificar todo el contenido”.

Firma con plumas del ultimo Pegasus

Firma con plumas del ultimo Pegasus


Dos días después de la firma, durante las celebraciones del medio siglo de su ordenamiento sacerdotal, Pío declaró refiriéndose a Mussolini: “Nosotros también hemos sido muy favorecidos: se necesitaba un hombre como el que la Divina Providencia puso en nuestro camino”. El Duce aprovechó demagógicamente esa debilidad, para acuñar una muletilla que lo definía como “el hombre providencial”, y que contaba nada menos que con el respaldo de la infalibilidad pontificia.
En Buenos Aires, la creación del Estado Vaticano fue recibida con algarabía. Entre manifestantes espontáneos y declaraciones de la jerarquía eclesiástica, la de monseñor Gustavo Franceschi alcanzó acaso a sintetizar el acontecimiento; “Una nueva tempestad ha capeado la barca de San Pedro —dijo—: la borrasca pasó y la barca sigue navegando incólume, como lo hará hasta la consumación de los tiempos”.