Un paseo entre tumbas.

El tren era fijo, una idea rodaba por las vías. Era extraño, ese día llovía. Pocas cosas son mas tristes que la lluvia y el tren con gente mojada mirando el cielo gris.

En eso, las imágenes se vuelven terribles, atisbos de vergüenzas que se compadecen entre vagón y vagón. En la Terminal todos somos simples rotos muñecos que buscamos las escaleras mecánicas hacia abajo. Vamos al  inframundo del subte B. En mi marcha  desocupada me atrevo a vencer el destino de hacer la bendita cola de los desempleados difuntos de angustia por un simple y salvador trabajo mal pago.

Mis botas se creen que soy rehén, me llevan con rastros inválidos de reflejos. Las piernas no pueden negarse a ese cruce de avenida… la Terminal de trenes Lacrosse queda detrás,  junto con las  almas sin señales de pelea que se hunden en el  lugar donde habita del gusano gigante, que los depositara en su circulo del infierno cotidiano.

Desde las grandes instalaciones del ferrocarril Urquiza, filman un policial negro francés, quizás sea Alain Delon, en blanco y negro, posiblemente exista un ente buscando descanso exacto en la película que ya vieron.

Las columnas doricas pintadas de un rosado triste me reciben, el cementerio de la Chacarita esta atiborrado de llovizna.

Las botas cruzan el umbral gigante, caminan sin rumbo por la primera calle bordeada de mausoleos. Estos; se  recortan en las estrofas de la inclemencia, troquelando sones de viento. Arquitectura para cadáveres.

Puedo sentir el peso de la honra al ser enterrado en una casa lujosa fúnebre. Camino entre gente muerta encerrada en residencias pomposas, llenas de algo tan frió como el material hecho por el hombre. Las puertas; muchas de ellas con barrotes de bronce, son una cárcel suntuosa, algunas aseguradas con candados,  para que de allí nadie salga. Otras tantas están abiertas o solo entornadas. Tengo ganas de fumar,  la lluvia es fina pero continua. No puedo dejar de pensar; ¿quienes serán todos aquellos que están tan bien guardados?. En su muerte son confinados a un lugar inmutable, las puertas lacradas forjan la impresión oprímete de encierro eterno.

El silencio solo se interrumpe con el movimiento de un guardia de seguridad que pasa por un pasillo mas allá, ¿será un guardia?, no lo se.

Otra ves los deseos de fumar me atacan mientras observo una gran capilla con una bóveda esférica amarilla, en un cartel algo raleado advierte que es la capilla de los caídos de la fuerza policial. Me acerco a la portón y observo que esta candeado, como la mayoría. Mis botas me llevan a avanzar rápido, como si supieran que no es necesario estar  a las 10 de la mañana una jornada de lunes lluviosa circulando entre tumbas por la Chacarita. Los movimientos se aceleran, la precipitación, por el contrario se apacigua casi deteniéndose. Me paro frente a una verdadera obra de arte, un sepulcro que me zozobra  hasta la curiosidad de frenar. Sus paredes están recubiertas de mármol, negro, inmensos, rectangulares, de unos tres metros de altura, en el medio una compuerta también rectangular, que brilla como el oro. Me llama poderosamente la atención, esta entreabierta. Mis botas dejan de tener vida, y el impávido cemento de las veredas del pasillo anidan en mis piernas tornándolas estoicas. Estoy delante de una casa sombría, un tal Alejandro Alfonso Esposito y familia, doctor en leyes, reposan intrínsecamente. En ese momento todo se acorta a espacios que se acercan al portón, mis ojos duros no reciben gota alguna y entonces ven. Uno de los  cajones de cedro lustrado, con sus manijas de plata pulidas sobresale de la gris atmósfera. Estiro la mano para tomar una de las hojas de la puerta enorme, quiero sentir la sensación de estar gélido allí  dentro. Mi cuello sin consultarme da vuelta hacia la derecha mientras que mi brazo izquierdo tiene a tiro la mano en la acción de abrir…

Reconozco un movimiento, a varias tumbas de donde estoy, un furioso trueno mueve la calma sesgada del cementerio. Como en una historia de miedo contada por un chico que quiere asustar a su hermano menor en una noche de insomnio, percibo a alguien salir justamente  de esa tumba que esta del otro lado de la calle. Viste con traje y corbata, saco azul con chaleco azul, camisa blanca y una corbata amarrilla. . Con un poco de esfuerzo, se acomoda erguido en el exterior. Estira sus ropas sacudiéndolas de paso. Gira, su cuerpo como si estuviera desperezándose, observa donde estoy, y comienza a avanzar, con las manos a las espaldas como hace los viejos cuando caminan pensando en añoranzas. Gélidas memorias llamadas con calificativos desconocidos.

Creo juzgar con acierto;  me echa un vistazo. A partir del momento que sale de la tumba,  hasta que con total normalidad emprende el transito por el sitio instaurado entre el aguacero y mi aprensión.

Recuerdo como viste pero no su cara, no se si tiene, lo cierto es que alguien esta dentro de ese ropaje. Lentamente bajo el brazo y retrocedo al lugar donde empezó todo. Saco del paquete un cigarrillo, lo pongo en mis labios. El acto reflejo es; prestar  atención falsa al mausoleo de mármol africano, e introducir ambas manos en los bolsillos. De soslayo presto cuidado; el hombre baja a la calzada. No tiene o no puedo ver su cara, menos sus ojos. Se desvía por la calle hacia algún lugar de la tormenta enarbolada por domos tétricos.

Nunca en mi existencia experimente la famosa sonrisa del miedo, no conceptuaba que fuera cierto, pero lo comprobé, el miedo sonríe. Por algún mecanismo involuntario la boca se tensa y produce una sonrisa espeluznante.

La precipitación mojo el cigarrillo,  pasaron segundos perennes hasta que mis calzados se decidieron a caminar. Deje aquella tumba en dirección a la escapatoria. No seria fácil llegar, me había adentrado varias cuadras. Pero por una ves,  el sentido de ubicación me ayudo a salir. Las preguntas sobraban, mi cabeza hervía, ¿que hacia yo un día como ese en el cementerio de la Chacarita?, ¿quien era ese tipo que salio de una tumba?  ¿Porque varios panteones estaban abiertos? ¿Ladrones? ¿Muertos que salen a recorrer los días de feos cuando nadie los ve?

Varios autos pasan raudos, quien sabe para que parte de esas hectáreas de campo santo. Estoy llegando a la salida, los recuerdos se mezclan con mis deseos y pienso que estoy a tiempo de llegar a esa entrevista por el trabajo de chofer que tanto quiero. Me paro frente a la estatua de la tumba de Vandor. Reflexiono. Prendo el cigarrillo completamente empapado, no se si resurgir en estas caminatas de muerto humilde que jamás conocerá lo que es descansar en paz en un monumento porque no tienen riqueza.

Una seca larga llena mis cavidades que pesan solo la letanía de la humedad embebida en todos lados, en la ciudad, en la autopista, en la curva de la subida a la Au 6, en las cubiertas que no frenan…