Italo Calvino

La televisión ha cambiado muchas cosas. Hubo un tiempo en que el poder permanecía distante, figuras lejanas, engalladas en un palco, o retratos con gesto de arrogancia convencional, símbolos de una autoridad difícil de referir a individuos de carne y hueso. Ahora, con la televisión, la presencia física de los hombres políticos es algo cercano y familiar; sus caras, agrandadas en el televisor, visitan cotidianamente las casas de los ciudadanos privados; cualquiera puede, tranquilamente instalado en su sillón, relajado, escrutar el más mínimo movimiento de los rasgos, el batir de los párpados incomodados por la luz de los reflectores, los labios nerviosamente humedecidos entre una palabra y la otra… En las convulsiones de la agonía, especialmente, el rostro, ya muy conocido por haber sido encuadrado muchas veces en ocasiones solemnes o festivas, en posturas oratorias o en desfiles, se expresa cabalmente: en ese momento, más que en ningún otro, es cuando el simple ciudadano siente suyo al gobernante, algo que le pertenece para siempre. Pero ya desde antes, durante todos los meses anteriores, cada vez que lo veía aparecer en la pantalla pequeña con ocasión del cumplimiento de alguna de sus obligaciones –por ejemplo inaugurando unas excavaciones arqueológicas, colgando medallas en el pecho de quienes las merecen, o bajando las escalerillas de un avión y agitando la mano abierta– ya estudiaba en ese rostro las posibles contracciones de dolor, trataba de imaginar los espasmos que precederían el rigor mortis, de distinguir en la pronunciación de los discursos y de los brindis los acentos que caracterizarían el estertor final. En esto consiste justamente el ascendiente del hombre público sobre la multitud: es el hombre que tendrá una muerte pública, el hombre a cuya muerte estamos seguros de asistir, todos juntos, y por eso le rodea en vida nuestro interés ansioso, anticipatorio. Ahora no conseguimos imaginar cómo era antes, en tiempos en que los hombres públicos morían escondidos; hoy nos reímos al escuchar que algunas de las reglamentaciones de entonces definían la democracia; para nosotros la democracia sólo empieza el día en que se tiene la seguridad de que en la fecha establecida las telecámaras encuadrarán la agonía de nuestra clase dirigente en su totalidad, y al final del mismo programa (pero muchos de los espectadores apagan en ese momento) la instalación del nuevo personal que permanecerá en el cargo (y en vida) por un período equivalente. Sabemos que también en otras épocas el mecanismo del poder se basaba en matanzas, en hecatombes, unas veces lentas otras súbitas, pero los sacrificados eran, salvo raras excepciones, personas oscuras, subalternas, difícilmente identificables; las masacres se hacían a menudo en silencio, eran ignoradas oficialmente o justificadas con motivos especiosos. Sólo esta conquista, hoy definitiva, la unificación de los papeles del verdugo y de la víctima en una rotación continua, ha permitido extinguir en los ánimos todo resto de odio y de piedad. El primer plano de las mandíbulas que se estiran, se abren, la carótida que se debate en el cuello echado hacia atrás, la mano que sube contraída y rasga el pecho donde centellean las condecoraciones, son contemplados por millones de espectadores con sereno recogimiento, como quien observa los movimientos de los cuerpos celestes en su cíclica repetición, espectáculo que cuanto más extraño tanto más tranquilizador nos parece.

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